Muerte en La Habana

Delante, en la imagen, Eduardo Heras León.

Delante, en la imagen, Eduardo Heras León.

Fue hace mucho tiempo. Si no me falla la memoria corría el año 2011. Yo quería ser escritor. Era joven. Todo el mundo quiere o ansía algo cuando es joven. Lo mío era la literatura. Estudiaba periodismo y me gustaba, pero soñaba con escribir grandes cuentos y grandes novelas.

Por aquella época, gracias al azar, o a algunas influencias, publicaba en Cubadebate. Un medio que hoy no sé si existirá, pero que en el 2011 era bastante leído. En Cuba y en el mundo. Pues publicaba ahí y aunque no cobraba un medio tampoco me interesaba. No me faltaba el dinero, y, por otra parte, mis artículos no eran ni mucho menos imprescindibles, por lo que no podía aparecerme un día exigiendo un salario y dándomelas de importante.

Pero como lo mío, digo, era la literatura, justo por esas fechas me inscribí en el curso de técnicas narrativas que se impartía en 5ta y 20, en una casona de Miramar devenida centro literario. Llevaba el nombre de un escritor reconocido: no sé si Onelio Jorge, o Novás Calvo, o Luis Felipe Rodríguez. Ciertamente no recuerdo.

Tras cuatro o cinco meses de clases, después de haber estudiado algunas técnicas y algunos autores, el profesor principal y director del curso, Eduardo Heras León, y su esposa -muy amable y carismática-, invitaron a su casa a todos los alumnos. Fijaron la cita para un sábado en la noche.

Por varias razones, tuve mis reservas. Dudé en asistir. Heras: un escritor reconocido. Yo: nadie. O sea, mirándolo desde la distancia, Heras: un mecenas, yo: un epígono. Heras, la figura, y yo, el discípulo empedernido, el aprendiz que mientras se instruye en los gajes del oficio le hace el juego a los consagrados, le carga los libros, le aplaude, y a mí, la verdad, ese papel me provocaba náuseas. No es que no pudiera interpretarlo, solo que no tan burdamente, como otros. Quizás por eso me apartaba y no conversaba con casi ningún alumno del curso, apenas con un estudiante de bibliotecología y con un moreno filósofo que por no dejar de leer había leído hasta los Annales Brunsvicenses de Leibniz.

Al final decidí ir. La charla era para todos, y con mantenerme alejado tenía.

Heras vivía en 19 entre 18 y 16, en el Vedado, en el apartamento 5 de un edificio al cual le habían convertido la planta baja en centro de salud mental. He olvidado otras cosas, pero no la dirección ni la casa de Heras. Una sala no muy amplia, con varios cuadros de arte universal en las paredes. Muebles muy finos, sobrios. A la izquierda, un balcón pequeño con varias macetas y plantas colgantes. Al centro de la sala, una lámpara inmensa, como copiada o traída de un lugar remoto. Debajo, su silla, la de Heras.

Cuando llegué, no había casi nadie. Me saludó parcamente, con uno de esos gestos que no se sabe si son fruto del desdén o de la cortesía. La esposa sacó varios platos, con queso gouda, galletas y aceitunas. La esposa era uruguaya. Aunque quizás fuera chilena o argentina, pero no me lo parecía. En todo caso no era brasileña, ni ecuatoriana, ni venezolana. Los alumnos poco a poco fueron arribando. Para las diez de la noche ya no faltaba nadie, y el que faltaba evidentemente no iba a aparecer.

Algunos llevaron botellas de ron, otros pomos de refresco, y una pareja de homosexuales trajo música. Sentí pena, porque no había llevado nada, solo mi boca, pero aquello era una charla, y nadie iba a ponerse pedante. Nadie repararía en ese tipo cosas.

Me distraje un rato y salí al balcón. No había luna. Una noche horrible, de un silencio soso. Una noche sin misterio y muy poco desenvuelta. Sentí un aliento sobre el cuello. Una de las alumnas, una adolescente algo gorda y rosada, de las que adoran la ciencia ficción, hablaba muy despacio. Supuse que no hablaba con nadie, sino con ella misma, y me atrajo su peculiar modo de autoconfesarse. Después me miró, clavó su vista en mi cara, la mantuvo así, hincándome el cutis durante varios segundos y ya no pude fingir. Hablaba conmigo. Yo no la entendía, pero se dirigía a mí, y hacerme el distraído no me pareció correcto.

-La oscuridad me da miedo -dije.

No contestó nada.

-Es un trauma de niño -agregué.

-La oscuridad no hace daño -dijo, y los ojos le brillaron con una luz blanca y sin término.

En ese momento pensé que todos los amantes de la ciencia ficción estaban locos y que el que no lo estaba muy pronto lo estaría, y también pensé que todos los amantes de la ciencia ficción al menos podían quedarse en el primer piso, cerca de Heras, cerca del profesor principal, cerca del escritor realista y cerca de sus libros, algo viejos ya pero premiados.

-A mí me hace daño.

-No, no hace daño, la noche te traga, pero no hace daño.

Y entonces yo le dije: voy a protestar. Y ella me dijo: como quieras, pero será mejor que no protestes. Y yo, tambaleante, o como llamado a conciencia: está bien, entiendo. Y ella: okay, sin líos. Entré a la sala. Los asientos, ocupados. Me senté en el suelo. La esposa se reía y bromeaba. Seguía trayendo platos, platos exóticos. Yo era el único que no probaba bocado. Tienes que mantenerte lúcido, me aconsejé, no caigas en ese tipo de trampas. Los alumnos hacían sus preguntas típicas. Preguntas que más que preguntas parecían discursos o ganas de impresionar. Acotaciones de música y de plástica y de literatura. Pero Heras, muy calculadamente, se fue alejando de los terrenos del arte, y tras repasar sus viajes por la Unión Soviética y América Latina, expandió la nostalgia hasta sus límites y describió los burdeles de la Habana de los 50, las múltiples y vigorosas orquestas del Paseo del Prado.

Su voz me pareció diáfana y suave. Una voz carente de idioma, de cualquier sentido lógico.

Después no entendí lo que le preguntaron y perdí el hilo de la conversación. Después me miré los dedos y pensé que me gustaban, y repté por mi piel y también pensé que me gustaba reptar por mi piel. Después nos enteramos (los alumnos) de que la esposa era prima de Eduardo Galeano. O sea, era uruguaya. Alguien le preguntó a Heras que cuándo había conocido a Galeano.

-En 1970 -contestó-. Yo había ganado mención en el Casa y él era jurado.

Luego habló de su libro, de la votación, de las callejuelas internas de los concursos y de la noche del premio.

-Heras -dijo Galeano-, ¿tú has visto algún fusilamiento?

Fuera de los dos escritores, alrededor de una mesa pequeña, en una habitación de hotel, se reunían varios periodistas y reporteros. A uno de ellos, al fotógrafo de la agencia France Press, lo acompañaba una muchacha esplendorosa, lo que se dice en Cuba un monumento de mujer.

-Sí, hace como diez años, a fines del 60´.

-¿A quién fusilaron? -dije yo.

-A un coronel batistiano.

-¿Dónde fue? – dijo Galeano.

-En La Cabaña.

-¿Lo impresionó? -pregunté.

Los periodistas andaban medio ebrios. La mujer, en cambio, comenzó a interesarse. Soltó la mano de su marido (o quizás no fuera su marido, sino solo su amante) y se acercó al diálogo. No físicamente, pero se acercó.

-Sí, me impresionó mucho -dijo Heras. Y enmudeció.

Galeano se dio un trago. De ron, seguramente.

Heras prosiguió:

-Un esbirro, pero un tipo guapo -como si ambos términos fuesen antagónicos.

-¿Su nombre? -dije.

-No sé -dijo-. Larralde, creo que se llamaba o le decían coronel Larralde, pero no podría asegurarlo.

Entonces distinguí la voz de Heras surcando el tiempo, de 1970 al 2011 y del 2011 a 1960. Hasta la noche del fusilamiento. Algo espantoso, la verdad, esa manera de hilvanar las cosas:

-Larralde pidió que no le vendaran los ojos y pidió, además, dirigir el pelotón-. En La Cabaña, en la habitación del hotel y en el apartamento de Heras se hizo un silencio total. -Cuando dijo ¡Apunten!, un soldado vaciló. Se le había trabado el seguro al fusil.

Galeano sonreía con su sonrisa de felino sudamericano. Yo no, yo casi temblaba, era demasiado joven. La amante del fotógrafo de France Press no movía un músculo. Escuchaba. Solo eso. Escuchaba.

-Calma, no se desesperen -dijo el coronel a la doble fila de cuatro soldados que le apuntaban al pecho-. Volvamos a empezar.

-Transcurrió cerca de un minuto. Larralde dio la orden. Luego resonó el estampido y luego ya -dijo Heras con algo de temor, atropellando las palabras, restándole dramatismo al suceso.

El cadáver sobre la tierra seca de La Cabaña, la brisa del mar, las heridas, las luces de La Habana. Aquí hay una historia, pensé.

-Coño, pero aquí hay una historia- dijo Galeano. Entonces tomé distancia.

-Gracias -dijo la amante del fotógrafo. Se puso de pie y agarró un vaso-. Yo sabía que mi padre había sido fusilado, pero no sabía cómo.

Tiempo después, en 1974, cuando Galeano volvió a La Habana, le dijo a Heras, mientras paseaban por la Catedral, que nunca iba a poder contar lo sucedido. Porque parecía inverosímil. Y porque el esbirro, aquel asesino, el coronel Larralde, era un tipo guapo, y le iba a salir un cuento contrarrevolucionario. Entonces era  mejor no escribirlo.

Ahí se me ocurrió rescatar el tema. Salí de casa de Heras sin despedirme. Iba, no sé si ya lo he dicho, temblando, y justo a esa hora comenzó a llover. Un aguacero torrencial. Pero no corrí ni hice nada porque en esas situaciones uno no debe moverse demasiado. Sentí, por un momento, que había empezado a delirar y que el agua me estaba consumiendo, como si yo fuese un jabón y me estuviera gastando, pero yo sabía que no podía gastarme porque lo que había escuchado hacía un rato no se iba a gastar e iba a quedarse flotando hasta que otro amante de la literatura lo rescatara y ese pensamiento, aparentemente tan ilegítimo, fue el que me hizo seguir avanzando hasta que logré reponerme.

El agua empezó a correr sobre mí, pero no de una manera especial, sino como corre sobre el resto de las personas, es decir, que se cuela en las ropas y se queda en el cabello y se coagula en gotas que se instalan en los sitios del cuerpo más impensados. Sitios de los que uno apenas ha oído hablar en la biología o en la medicina. Sitios que acaso, en el mejor de los mundos posibles, tengan referencia en dos o tres poemas, y ni siquiera en poemas, sino en dos o tres versos ejemplares.

Luego logré guarecerme y largué el relato en lo que quedaba de madrugada. Por la mañana lo envié para la redacción de Cubadebate. Yo andaba enfrascado, por esos días, en una serie de crónicas, y supuse que tenía en las manos un texto distinto. Pero a las pocas horas me informaron que estaba cesante. O sea, la crónica no se publicaría. No me tomó por sorpresa, pues todo lo que empieza tiene que terminar. Dije algo así como igual estoy muy agradecido o no hay problemas y me largué. Nunca supe la causa, pero debió haber sido por la incomunicación, por lo insolente de mis palabras, por mi total indiferencia hacia los lectores. Siempre quise ser arrogante. Cuando se es joven no queda otro recurso.

Después me fui para Crónicas Obscenas, el blog de un amigo, y seguí publicando algunas cosas. Pero ya nada era igual. A los dos meses le dije que no me apetecía trabajar por amor al arte y me marché. Dejé todo: el periodismo y la literatura. Yo era joven, y no he vuelto, desde entonces, a largar una línea. Al contrario, entré en el mundo de los negocios. Vendí latas de atún, trafiqué con alcohol de tercera, y para estar acorde con la época, no sin esfuerzos, logré abrir una cafetería. Me posicioné. Me hice famoso. Tengo luz para el dinero. Quizás porque nunca he dejado los libros, aun cuando no haya podido con los Annales Brunsvicenses de Leibniz. Tal vez, eso sí, un día lo cuente, la historia del esbirro fusilado y la historia mía, aunque ya sin ánimos de nada, ni de prebendas ni de elogios, sin ambición ninguna, por el simple gozo de contar, por puro entretenimiento.

Pero no sé si me sigan. Posiblemente no.

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11 comentarios a Muerte en La Habana

  1. Mar dice:

    Yo te sigo… aunque estemos lejos del 2011 y hayas dejado de escribir.
    Yo te sigo.

  2. alex dice:

    Carlos Manuel. Si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada. No te desanimes. Eres un diamante en bruto. Nunca pares de escribir. Por favor.

  3. Chico pues me recuerdas muchas cosas, al mismo Heras, siempre contando las anécdotas del Premio Casa, siempre las mismas, lo de Vargas Llosa, cómo se alejó de Cuba, la trampa que le hizo Haydee con el dinero, eso, lo de siempre, lo que siempre cuenta el Chino.

    No sé dónde empieza la ficción, ni por qué aparece, Roque, el único fotográfo de France Press, es raro, todo me da vueltas en la cabeza, todo me parece demasiado conocido aunque en el 2011 hacía mucho que La Habana era mi nostalgia, y aún así, todo sigue igual, Heras, la amante, ese que un día quiso ser escritor.

  4. Javier dice:

    Socio, espero que pueda llamarte así, ahora tengo un problema con tus crónicas, ya no solo tengo que leerlas, sino que imprimirlas y llevarlas para que las lea mi padre, que como la mayoría de los padres no tiene internet…eres un bárbaro con el hacha…jjajajajajaaa…por cierto, me encantaría saber por qué te sacaron de cubadebate, acaso no se puede hablar de esbirros guapos, es como si no hubiese revolucionarios cobardes…del carajo…

  5. alejo3399 dice:

    yo he vendido hilo de coser y collares de artesanía en la calle heredia en Santiago de Cuba… vayo te lo cuento pa’ que me tengas en cuenta pal casting por si se da lo de la cafetería.

  6. Madeline dice:

    Acabe de pedirte que NO pares de escribir espero tu esperanza no sea verde pá que no se la coman los chivos que te has topado en el camino…

  7. Amy del Río dice:

    MUy bien por ti Carlos.

  8. orestes dice:

    Exclenete crónica. Y todavía hay los que dicen por allá y hasta por acá que en Cuba languidece el talento………………Florece lo que rescata su historia, la verdadera.

  9. jajaja, ya me lo habia leido antes pero no recordaba q estuviera tan bueno, yo creo q por aquel entonces me caias mal y tus trabajos no los soportaba, jejejejejeje, un abrazo

  10. DIDI dice:

    Me encantó, una vez más me sentí super identificada, yo he estado exactamente en tu pellejo.

  11. nubedealivio dice:

    Contigo uno lee y no sabe dónde empieza la realidad y termina la ficción, es un halago, que conste, solo en tu blog uno se detiene tanto tiempo a leer cosas tan largas sin pensar en la hora y en lo tarde que se hace

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